LA VERDAD Y LA MENTIRA

LA VERDAD Y LA MENTIRA.

“Si no tienes religión yo te recomiendo una: La verdad”
Gandhi.

Si nos acostumbramos a vivir en la mentira, creeremos que todo en la vida es falso. Por el contrario, si nos acostumbramos a vivir en la verdad tendremos la lucidez suficiente para distinguir lo real de lo falso. Tal vez nos cueste algunas desilusiones y uno que otro golpe de las ilusiones contra la realidad, pero al final aprendemos a tomar decisiones más asertivas cuando entendemos que vivir en la verdad no significa tener siempre la razón, ni que las cosas siempre resulten tal y como las habíamos planeado.

Esto viene al caso porque a veces nos gana la tentación de crearnos “un mundo aparte” en nuestra imaginación. En ese mundo nuestra pareja es ideal, nuestros hijos son ejemplares y nuestros padres son siempre el mejor ejemplo porque no tienen defectos. En ese mundo no caben los problemas, así que en ocasiones parece que es mejor esconderse ahí.

Tal vez tengamos la suerte de convivir con personas que nos aman y nos lo demuestran, quizás sí tenemos la dicha de contar con buenos padres e hijos. Y aún así, habrá dificultades y situaciones en las que debamos reaccionar para resolver algo. O para participar en la solución de un conflicto antes de que llegue a convertirse en problema.

Para hacer esto necesitamos romper la burbuja protectora de ilusiones y mentiras en la que todo parece seguro, pero que desafortunadamente solo es imaginaria.

¿Cómo saber si estamos usando ese “mundo aparte”? Bueno, habría que revisar algunos indicadores de nuestro sentido de pertenencia, o nuestro compromiso hacia el grupo con el que nos relacionamos (familia, amigos, trabajo, etc.). Estas son algunas señales de alerta:

1. No sabes cuál es la mayor preocupación de tu pareja, papás, hermanos o amigos.

2. Tampoco sabes qué es lo que más les gusta (comida favorita, película favorita, canción favorita, mayor satisfacción personal, laboral, académica y familiar, etc.).

3. Es imposible recordar la última vez que ayudaste en las actividades y quehaceres de la casa / escuela / trabajo haciendo algo distinto a lo que normalmente te toca.

4. Te molesta cuándo te piden hacer algo distinto a lo que normalmente haces, porque sientes que con eso te están faltando al respeto.

5. Con frecuencia te sientes decepcionad@ porque lo que hacen los demás no es lo que esperabas que hicieran.

Si damos positivo en una o más de estas señales no hay que alarmarnos todavía, para considerarnos miembros permanentes de ese club de personas que prefieren vivir en la mentira aunque la realidad los golpee constantemente, debemos mantener estos síntomas durante varios meses, digamos que por lo menos 4 y de manera ininterrumpida.

Si nos fijamos bien, estas 5 señales se parecen en que son como estar jugando a las adivinanzas: en lugar de hacer contacto con los demás y comunicarnos para saber qué quieren y hacerles saber lo que queremos nosotros, nos hacemos creer que no es necesario comunicarnos, porque al fin y al cabo “ya nos conocemos”. Esto, que suena tan obvio, ocurre con mucha frecuencia en las relaciones cercanas (de pareja, entre hermanos, entre padres e hijos, entre amigos, en el trabajo, etc…). Jugamos a las adivinanzas y damos por hecho que ya sabemos lo que van a hacer los demás, lo que piensan y hasta lo que sienten, ¡órale!

Vivir tiene sus riesgos, no importa de qué manera veamos la vida ni qué actitud tengamos ante ella. Nuestra opinión es subjetiva y a fin de cuentas la vida es una sola y nos seguiremos yendo con ella día a día. Por eso es mejor involucrarnos en nuestra vida y lo que tenemos en ella, no solamente en lo que quisiéramos llegar a tener.

La clave para romper nuestros mundos imaginarios y salir de ellos está en la mesura, un concepto que se refiere a buscar el equilibrio, a no tratar de tener ni muy poco ni demasiado de las cosas. Dar mucho y pedir poco, o al revés, son conductas desmesuradas (o sea que rebasan la medida promedio de las cosas). Vivir en el extremo de lo poco o de lo mucho es vivir a medias, aceptando una parte de la vida y negando la otra. ¿Parece exagerado? Si miramos los comerciales, casi cualquiera de ellos invita a vivir en el extremo desmesurado de tener demasiado, o si se puede, tenerlo todo. Tal vez ahí aprendemos a formar estos mundos imaginarios.

Cada persona debe ser capaz de reconocer sus propias necesidades y las de la gente cercana. Reconocer las propias es una cuestión de supervivencia, reconocer las de los demás es la clave para convivir.

Muchas veces aprendemos a crear mundos imaginarios en nuestro propio hogar, donde papá y mamá o al menos uno de ellos decidió que sus hijos no deberían pasar por los mismos problemas y penurias que ellos vivieron y decidieron crearles una burbuja de seguridad, donde no entrarían las penas ni los problemas porque papá o mamá estaban ahí para detenerlos. ¿Resultado? Niños malcriados y berrinchudos que al crecer tuvieron muy poca tolerancia a la frustración y se convirtieron en tiranos desde pequeños.

Éste es un extremo. En el extremo opuesto tenemos hijos que crecieron con el mínimo de atención y tuvieron que inventar sus propias soluciones, creando una barrera entre ellos y los demás porque les cuesta trabajo creer en el afecto y el amor desinteresado. También se crearon una burbuja, un mundo aparte.

Invito a que revisemos qué tanto estamos provocando este refugio ilusorio en nosotros mismos o en los demás desde nuestro rol de hijos, padres, novios, amigos, etc… La realidad puede ser dura a veces, pero es más fácil de manejar si tenemos los pies bien puestos sobre la tierra.

Y por último un recordatorio: La verdad definitiva no existe, así que quien escoja este camino estará decidiendo convertirse en un buscador, en alguien que aprende mientras va creciendo.

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